Prólogo

1a Edición

En las páginas de este cuento, un dinosaurio representa de forma didáctica el basurero de problemas de pareja, y nos enseña lo absurdo, violento y abusivo que resulta volcarlos sobre los hijos. 

Alfredo nos regala el dolor transformado en aprendizaje, alza la voz para decir fuerte, claro y de manera contundente: basta de crueldad, de usar la Maquinaria Judicial, los Tribunales Familiares y las autoridades en general para separar a las familias; de pervertir el sentido de la ley, de que la corrupción empiece en el hogar, basta de violencia a nuestros niños, niñas y adolescentes, a nosotros mismos, nuestros abuelos, nuestras familias y la sociedad.

El autor, en su ardua lucha por recuperar la convivencia con uno de sus hijos, abre una puerta de anhelos y esperanzas que le sirva de herencia a un pequeño del que, por encima de todo en la vida, espera oírle decir la palabra Padre. Él anhela ser el amparo, la guía, la protección y la estructura fundamental que está llamado a ser en la vida de quien lo ha convertido en creador, su hijo.

Alfredo, en este trabajo reconozco tu lucha diaria por recuperar a tu hijo; el entusiasmo con el que me invitaste a formar parte de este proyecto es obligado compartirlo, esperando que, de este modo, hagamos eco de conciencia, sensibilidad y solidaridad social para detener el sufrimiento de nuestras niñas, niños y adolescentes. 

Basta de lavados de cerebro en contra de uno de los progenitores, de utilizarlos como proyectiles de destrucción para quienes nos es obligado ser y esperan de nosotros sentido de vida, ejemplo y compromiso. En ningún hogar y en ninguna familia debe haber un niño sufriendo lo que Mijo, el personaje central de la historia, ha sufrido innecesaria, cruel e injustamente. Se debe crecer con seguridad, paz y libertad, se debe dormir en una camita donde se pueda soñar… Y los niños no deben tener, por mascota, sino aquella que escojan libremente para convertirla en su inseparable compañera de juegos…; los dinosaurios como Karma no deberían existir nunca más.

María del Rocío Medrano Castro

CDMX a 26 de octubre, 2017